El profesor Gustavo Moncayo, ícono de la lucha pacífica por el acuerdo humanitario
La política del presidente uribe se ha visto continuamente salpicada por escándalos de para-política. Paradójicamente son los miembros de la coalición quienes están involucrados con el paramilitarismo en el país
Fue a partir de que Álvaro Uribe asumiera la presidencia en 2002 que se le empezó a dar fuerza al Tratado de Libre Comercio TLC como un acuerdo indispensable para darle un giro a la economía del país y, según se dijo, mejorar las condiciones en materia de exportaciones e importaciones; argumento que aún sostiene muchos. Pero la verdad es que así como han crecido los mentores del TLC; los detractores de este tratado también se han incrementado.
Luis Carlos Villegas, presidente de la Asociación Nacional de Empresarios ANDI, afirma que “el acuerdo le abre las puertas a la producción colombiana en el mercado más grande del mundo”[1] Sin embargo, el análisis sobre un tema de tanta trascendencia —no digamos para la economía del país sino para el bolsillo de cada colombiano— tiene que estar alejado de todo simplismo y de toda reacción inmediata; porque no se está firmando algo mínimo, sino que se está comprometiendo al país en un acuerdo de gran envergadura.
En alguna de las conferencias que acostumbra a dar en las universidades[2], el senador Jorge Robledo, quien se precia de ser uno de los que más conocen el tema, decía de manera jocosa que se trataba de un acuerdo entre mula y arriero, donde Colombia es la mula.
El gobierno, por su parte, mantiene su posición de que se trata de un acuerdo lleno de ventajas para el país. Lo problemático es que existe una profunda diferencia entre internacionalizar la economía y firmar acuerdos que, de entrada, pongan en desventaja al país. No obstante todos los trámites parecen seguir el curso sin mayores complicaciones; las dificultades actuales más grandes han sido por causa de algunos congresistas demócratas norteamericanos como Charles Rangel, Sander Levin, James McGovern que afirman que “por ahora no pueden avalar la firma del tratado”[3] puesto que consideran que existe un mayor número de asuntos medulares que deben resolverse previamente. Problemas como los escándalos de la parapolítica y los asesinatos de sindicalistas son temas que no pueden pasar desapercibidos y mucho menos cuando están a punto de estrecharse los lazos entre los dos países.
En el mismo sentido, Germán Holguín, director de Misión Salud, considera que “el acuerdo obstaculiza el acceso de los colombianos pobres a los servicios de salud y muchos morirán por esta causa”[4]; lo cual confirma la frase que ha hecho carrera cuando de economía se trata: “que con el TLC el país queda muy bien, pero la gente muy mal”; o como en el Gatopardo de Lampedusa: es una manera de hacer que todo cambie para que todo siga igual.
Robledo, opositor acérrimo del TLC asegura que “es inconveniente para Colombia, a la cual Estados Unidos está en proceso de recolonización”[5], en contraposición a Augusto Solano, presidente de Asocolflores, quien manifiesta que este acuerdo va a permitir la consolidación de este sector, que hoy, por el APDEA, no paga aranceles para llegar a Estados Unidos.
Con el fin de acelerar la firma del tratado, Álvaro Uribe viajó a Estados Unidos la primera semana de mayo y durante tres días en los cuales pretendía despejar las dudas de los congrecistas norteamericanos frente al TLC. Para apoyar a su aliado y homólogo colombiano, George Bush aseguró que el TLC es un asunto estratégico para Estados Unidos.
Muy a pesar de las intenciones de Uribe, no logró la unanimidad que esperaba. La lider demócrata de la cámara, Nancy Pelosi, expresó su preocupación por las serias acusaciones sobre los nexos entre paramilitares y altas autoridades colombianas[6].
Por ahora no ha habido cambios significativos conrespecto a las decisiones de los congresistas norteamericanos más que la decisión de Harold Reid, líder demócrata del senado, con respescto a que “no hay que especular sobre el TLC ni sobre la ayuda a Colombia mientras no se resulevan los temas de violencia con los sindicalistas”[7].
[1] El Tiempo. 02-V-07
[2] Conferencia dictada en el Auditorio de Ciencias Agropecuarias de la Universidad Nacional, Sede Medellín, el 18-X-06
[3] El Tiempo. 03-V-07
[4] El Tiempo. 02-V-07
[5] Ibid.
[6] El Tiempo. 04-V-07
[7] El Tiempo. 09-V-07
Fue a partir de que Álvaro Uribe asumiera la presidencia en 2002 que se le empezó a dar fuerza al Tratado de Libre Comercio TLC como un acuerdo indispensable para darle un giro a la economía del país y, según se dijo, mejorar las condiciones en materia de exportaciones e importaciones; argumento que aún sostiene muchos. Pero la verdad es que así como han crecido los mentores del TLC; los detractores de este tratado también se han incrementado.
Luis Carlos Villegas, presidente de la Asociación Nacional de Empresarios ANDI, afirma que “el acuerdo le abre las puertas a la producción colombiana en el mercado más grande del mundo”[1] Sin embargo, el análisis sobre un tema de tanta trascendencia —no digamos para la economía del país sino para el bolsillo de cada colombiano— tiene que estar alejado de todo simplismo y de toda reacción inmediata; porque no se está firmando algo mínimo, sino que se está comprometiendo al país en un acuerdo de gran envergadura.
En alguna de las conferencias que acostumbra a dar en las universidades[2], el senador Jorge Robledo, quien se precia de ser uno de los que más conocen el tema, decía de manera jocosa que se trataba de un acuerdo entre mula y arriero, donde Colombia es la mula.
El gobierno, por su parte, mantiene su posición de que se trata de un acuerdo lleno de ventajas para el país. Lo problemático es que existe una profunda diferencia entre internacionalizar la economía y firmar acuerdos que, de entrada, pongan en desventaja al país. No obstante todos los trámites parecen seguir el curso sin mayores complicaciones; las dificultades actuales más grandes han sido por causa de algunos congresistas demócratas norteamericanos como Charles Rangel, Sander Levin, James McGovern que afirman que “por ahora no pueden avalar la firma del tratado”[3] puesto que consideran que existe un mayor número de asuntos medulares que deben resolverse previamente. Problemas como los escándalos de la parapolítica y los asesinatos de sindicalistas son temas que no pueden pasar desapercibidos y mucho menos cuando están a punto de estrecharse los lazos entre los dos países.
En el mismo sentido, Germán Holguín, director de Misión Salud, considera que “el acuerdo obstaculiza el acceso de los colombianos pobres a los servicios de salud y muchos morirán por esta causa”[4]; lo cual confirma la frase que ha hecho carrera cuando de economía se trata: “que con el TLC el país queda muy bien, pero la gente muy mal”; o como en el Gatopardo de Lampedusa: es una manera de hacer que todo cambie para que todo siga igual.
Robledo, opositor acérrimo del TLC asegura que “es inconveniente para Colombia, a la cual Estados Unidos está en proceso de recolonización”[5], en contraposición a Augusto Solano, presidente de Asocolflores, quien manifiesta que este acuerdo va a permitir la consolidación de este sector, que hoy, por el APDEA, no paga aranceles para llegar a Estados Unidos.
Con el fin de acelerar la firma del tratado, Álvaro Uribe viajó a Estados Unidos la primera semana de mayo y durante tres días en los cuales pretendía despejar las dudas de los congrecistas norteamericanos frente al TLC. Para apoyar a su aliado y homólogo colombiano, George Bush aseguró que el TLC es un asunto estratégico para Estados Unidos.
Muy a pesar de las intenciones de Uribe, no logró la unanimidad que esperaba. La lider demócrata de la cámara, Nancy Pelosi, expresó su preocupación por las serias acusaciones sobre los nexos entre paramilitares y altas autoridades colombianas[6].
Por ahora no ha habido cambios significativos conrespecto a las decisiones de los congresistas norteamericanos más que la decisión de Harold Reid, líder demócrata del senado, con respescto a que “no hay que especular sobre el TLC ni sobre la ayuda a Colombia mientras no se resulevan los temas de violencia con los sindicalistas”[7].
[1] El Tiempo. 02-V-07
[2] Conferencia dictada en el Auditorio de Ciencias Agropecuarias de la Universidad Nacional, Sede Medellín, el 18-X-06
[3] El Tiempo. 03-V-07
[4] El Tiempo. 02-V-07
[5] Ibid.
[6] El Tiempo. 04-V-07
[7] El Tiempo. 09-V-07
Fue a partir de que Álvaro Uribe asumiera la presidencia en 2002 que se le empezó a dar fuerza al Tratado de Libre Comercio TLC como un acuerdo indispensable para darle un giro a la economía del país y, según se dijo, mejorar las condiciones en materia de exportaciones e importaciones; argumento que aún sostiene muchos. Pero la verdad es que así como han crecido los mentores del TLC; los detractores de este tratado también se han incrementado.
Luis Carlos Villegas, presidente de la Asociación Nacional de Empresarios ANDI, afirma que “el acuerdo le abre las puertas a la producción colombiana en el mercado más grande del mundo”[1] Sin embargo, el análisis sobre un tema de tanta trascendencia —no digamos para la economía del país sino para el bolsillo de cada colombiano— tiene que estar alejado de todo simplismo y de toda reacción inmediata; porque no se está firmando algo mínimo, sino que se está comprometiendo al país en un acuerdo de gran envergadura.
En alguna de las conferencias que acostumbra a dar en las universidades[2], el senador Jorge Robledo, quien se precia de ser uno de los que más conocen el tema, decía de manera jocosa que se trataba de un acuerdo entre mula y arriero, donde Colombia es la mula.
El gobierno, por su parte, mantiene su posición de que se trata de un acuerdo lleno de ventajas para el país. Lo problemático es que existe una profunda diferencia entre internacionalizar la economía y firmar acuerdos que, de entrada, pongan en desventaja al país. No obstante todos los trámites parecen seguir el curso sin mayores complicaciones; las dificultades actuales más grandes han sido por causa de algunos congresistas demócratas norteamericanos como Charles Rangel, Sander Levin, James McGovern que afirman que “por ahora no pueden avalar la firma del tratado”[3] puesto que consideran que existe un mayor número de asuntos medulares que deben resolverse previamente. Problemas como los escándalos de la parapolítica y los asesinatos de sindicalistas son temas que no pueden pasar desapercibidos y mucho menos cuando están a punto de estrecharse los lazos entre los dos países.
En el mismo sentido, Germán Holguín, director de Misión Salud, considera que “el acuerdo obstaculiza el acceso de los colombianos pobres a los servicios de salud y muchos morirán por esta causa”[4]; lo cual confirma la frase que ha hecho carrera cuando de economía se trata: “que con el TLC el país queda muy bien, pero la gente muy mal”; o como en el Gatopardo de Lampedusa: es una manera de hacer que todo cambie para que todo siga igual.
Robledo, opositor acérrimo del TLC asegura que “es inconveniente para Colombia, a la cual Estados Unidos está en proceso de recolonización”[5], en contraposición a Augusto Solano, presidente de Asocolflores, quien manifiesta que este acuerdo va a permitir la consolidación de este sector, que hoy, por el APDEA, no paga aranceles para llegar a Estados Unidos.
Con el fin de acelerar la firma del tratado, Álvaro Uribe viajó a Estados Unidos la primera semana de mayo y durante tres días en los cuales pretendía despejar las dudas de los congrecistas norteamericanos frente al TLC. Para apoyar a su aliado y homólogo colombiano, George Bush aseguró que el TLC es un asunto estratégico para Estados Unidos.
Muy a pesar de las intenciones de Uribe, no logró la unanimidad que esperaba. La lider demócrata de la cámara, Nancy Pelosi, expresó su preocupación por las serias acusaciones sobre los nexos entre paramilitares y altas autoridades colombianas[6].
Por ahora no ha habido cambios significativos conrespecto a las decisiones de los congresistas norteamericanos más que la decisión de Harold Reid, líder demócrata del senado, con respescto a que “no hay que especular sobre el TLC ni sobre la ayuda a Colombia mientras no se resulevan los temas de violencia con los sindicalistas”[7].
[1] El Tiempo. 02-V-07
[2] Conferencia dictada en el Auditorio de Ciencias Agropecuarias de la Universidad Nacional, Sede Medellín, el 18-X-06
[3] El Tiempo. 03-V-07
[4] El Tiempo. 02-V-07
[5] Ibid.
[6] El Tiempo. 04-V-07
[7] El Tiempo. 09-V-07
Julián Restrepo: El papel o más bien la función primordial que tienen los medios de comunicación, desde mi experiencia la prensa escrita, es ayudar a general debates, no sólo buscar consensos, sino también disentir de todo aquello que vaya contrario a la democracia y al bienestar de la mayoría.
S. L. : ¿A qué se le llama periodismo responsable?
J. R. : Yo creo que el periodismo es responsable cuando los periodistas que lo hacen, se toman el trabajo de investigar, buscar las fuentes y la información en el momento preciso y, más importante, de publicar cuando es pertinente hacerlo.
S. L. : ¿Cómo ve la situación política del país?
J. R. : Colombia está pasando por uno de los momentos más álgidos en cuestión de política, de conflicto, de economía. Todos los índices o medidores económicos muestran por ejemplo que el país avanza a pasos agigantados hacia el progreso, pero la realidad es otra. A pesar de que en los anteriores periodos presidenciales los ciudadanos presenciamos el debilitamiento de la gobernabilidad; este gobierno ha estado salpicado por una cantidad innumerable de escándalos que pese a su magnitud no lo han desarraigado. Lo problemático es que la agenda nacional no la crean los medios como antes, ni los ciudadanos como debería ser; sino que es dictaminada por el poder político.
S. L. : ¿Cómo ve la marcha por la paz que inició el profesor Gustavo Moncayo?
J. R. : Me parece que es un acto de una persona muy centrada, además es una víctima más de las barbaridades que cometen en este país los grupos armados ilegales. Yo creo que el deber del gobierno sería abogar por acuerdo humanitario desprovisto de todo interés político. En cuanto al profesor Moncayo, ha logrado despertar la solidaridad nacional y movilizar a la opinión pública otrora indiferente, y eso, ya es bastante.
Cuando se posesionó para su segundo mandato, Álvaro Uribe afirmó que estaba en ese cargo para honrar la democracia y rendir tributo a la ley como su único regulador.